En el momento impreciso

No querías querer.
No querías estar sola.
No querías herir.
No querías huir.
No querías.
Por eso, sólo existías de noche, en bares poco transitados, con poca luz. Pero con buena cerveza, eso sí. Y en ese contexto ya familiar para las dos, volviste a citarme. Después de haberme dicho que no, que tú no eras buena y que yo sí, y que mejor que tú y yo no. Pero al final pensaste que por qué. Que por qué tú y yo una cerveza no. ¿No?

Eras esa clase de persona que no necesitaba nada, absolutamente nada:
ni la combinación perfecta,
ni ir a la moda mediante un trabajado look basado en aparentar espontaneidad,
ni un color favorito cimentando tus ideales,
ni un símbolo para justificar tu existencia, para acotar tus principios, para definir tus finales,
ni nada. Sólo ante los tatuajes te rendiste. Pero eso sólo pude descubrirlo más tarde, bajo tu ropa.

Hasta aquel momento de la tercera vez que te vi,
todo en ti era tan normal,
tan mínimo,
tan mueble de Ikea,
tan Mompou,
tan Monocromático,
tan aséptico pero tan verdad,
que mi atención yacía perdida entre las continuas llamadas que tu no-intencionado carisma le profesaba.
Mi atención buscaba una mirada que se resistía a ser directa, porque sabías de sobra que el corazón ve por los ojos,
y por mucho que tras los tragos tus ojos fueran la puerta de salida de lo que bombeaba tu pecho, tú tenías claro que ahora en tu vida debía mandar la mente.
Por eso lo que me decías con la boca no tenía absolutamente nada que ver con lo que me decías con los ojos cuando se te escapaban de tu órbita de sensatez y me miraban a mí, a mí que hacía un rato ya que ninguna órbita relacionada con la cordura me sostenía.

Y por eso hablabas y hablabas de que no eras buena, de que no eras fiel, de que no eras leal.
Y yo seguía pensando que (te) mentías, que tú eras buena, que tú eras fiel, que tú eras leal.
Y real. Tan real..

Y seguía pensando que ojalá esta tercera vez que te tenía delante te lanzaras a esta piscina vacía de certezas que es la atracción.
Y seguía pensando que ojalá sí, pero que probablemente no, así que procuré convencerme. Me fui al baño y me lo dije: "se va a ir, pero no es culpa tuya. No lo es. Tranquila.No lo es"

Entre la dialéctica y el juego de miradas yo iba pidiendo copas para seguirte el ritmo y tú ibas pidiendo copas para conseguir quedarte, seguramente.
En los primeros efectos de esta improvisada guerra alcohólico-volumétrica me sentí lo bastante valiente para volver a mirarte, dispuesta, entregada, y con la mano sobre tu rodilla decirte que yo no era tan buena. Que el carnet de Santa lo gané en la tómbola de la genética que me dio esta cara de no haber roto un plato y que el único foco de atención en el que postrar mi fe existente en ese momento era el de follar. Follar contigo.

Entonces pagaste la cuenta y me sacaste del brazo a la calle fría y me volviste a besar al estilo atentado terrorista  que tanto te gustaba y me dijiste que fuésemos a mi casa.
No podía parar de reír por el camino. Había pensado tanto en ese momento... pero me pilló de imprevisto estar viviendo la versión verdadera, y no la "demo" fríamente calculada por producciones Celia durante los 8 días que tardaste en volver a escribirme.

Siempre me pasa lo mismo. Me paso la vida creyendo que puedo preparar algo, que puedo controlar mínimamente alguno de los sucesos antes de que pase, hasta que la realidad se encarga de mandarme avalanchas de presente para hacerme ver que lo único que importa es vivir. Sólo es eso. Vivir.
Para esta magistral lección apareció el alcohol y me empezó a meter goles por la escuadra.
Mareos. Sudores fríos. Náuseas.
Te tenía en mi cama, pero te tenía sin mí.
Me perdí tratando de ganarte siendo quien no soy. Quien nunca he sido.
Vamos, que me dio un amarillo que te cagas. En el momento impreciso.
Y así escapaste. Dejándome inservible en una cama en la que todo daba vueltas, en la que lo único que pasó a ser presente fue tu olor, embriagándome en aquella cárcel invisible, desnuda, mareada... y sola, como casi siempre.
Quise buscar la culpa en alguna parte de mi, pero cada hora que pasaba me fue alejando de esa cómoda y estúpida idea. Hace tiempo que entendí que formularse preguntas sin respuesta mata tiempo y neuronas, y que si hay algo en la vida que en el momento que lo quieres no es para ti, no lo va a ser. Por mucho que te empeñes.
Otra cosa distinta es soñar. Soñar con encontrarte casualmente. Un choque propiciado por el destino en un intento desesperado por hacernos perder la cordura a las dos. Por que tus ojos hablen más fuerte que tu boca. Un choque de ideas en tu mente que te lleve a buscarme. A querer saber de mí. A querer convertir el momento impreciso en el mejor momento habido y por haber.


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